Cuenta la leyenda que la poderosa espada Durandal, otorgada a Carlomagno por el Arcángel Miguel y luego cedida por el primero a su paladín, Roldán, poseía la hoja más afilada jamás creada, indestructible y capaz de partir montañas. Se decía de ella que en su empuñadura de oro contenía un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de San Dionisio, y un trozo de las túnicas de la Virgen María. Empuñándola, Roldán habría sido capaz de mantener a raya a más de cien mil moros, dándole tiempo al rey para regresar a Francia.
Preocupado de que fuera a caer en manos de los sarracenos que luego le atacaron, Roldán intentó destruir la espada; un recuento dice que se enterró con ella y el Olifante (el enorme cuerno usado para llamar a los ejércitos carolingios), mientras que otro indica que, frustrado al no poder romperla, la arrojó con tal fuerza que partió los Pirineos en dos, creando la Brecha de Roldán, en lo que hoy es el norte de Aragón, España.
Hay quienes dicen que un fragmento de Durandal sobrevivió, el cual acabó ensartado en los riscos al sur de Francia, donde en el Siglo XII se construyó el Monasterio de Rocamadour. Quienes visitan dicho lugar aun pueden ver lo que queda de la famosa espada.
